Cuidadosamente terminaba de peinar su cabello frente al espejo, se había maquillado y vestido con todo el esmero que puede usar una mujer para salir la primera vez con el hombre que le gusta.
Intuia muy dentro de sí que aquel día viviría el inicio de algo que no sabía que era y que tampoco tenía ganas de adivinar, así que, se limitó a apresurarse, fuese lo que fuese no quería llegar tarde.
Caminó con paso lento al lugar donde se suponía que la estaban esperando, podía sentir y escuchar a la vez el instante en que sus altos zapatos posaban sobre el pavimento los delicados tacones, que producían un rítmico sonido, el cual, la relajaba hasta casi olvidarse del nerviosismo que se había apoderado de ella desde que acordó aquella cita.
Una cita, a la que podría no asistir y no pasaría nada en su vida, todo seguiría siendo igual. Mas no apartaba de su mente las manos de ese hombre, que mientras hablaba las movía de un lado a otro, las llevaba a su boca y terminaba de moverlas al cruzar sus brazos. Que se esforzaba por decir frivolidades y reir en forma feble, sarcastica, actitud perdida, desvanecida cuando la miraba con esos ojos, delatando sus instintos pero que además derrochaban destellos de ternura, y ella sabía que eso necesitaba.
No quería ir a tomar un café, ni a ninguno de esos sitios donde preambulizan todas las parejas, estaba consiente de esa solicitud silenciosa de ambas pieles y en aquella esquina, lo deseó, y lo beso en el rostro, y en sus ojos cerrados que temblaban, que luchaban por abrtirse para poder verla, y al lograrlo, ella se apoderó entonces de su boca, que presumía unos labios carnosos exigiendo ser tocados, más no paró allí, siguió con su cuello, su pecho su vientre, fué hasta sus caderas donde se detuvo, le era placentero recorrerlo una y otra y mil veces más si fuese posible antes de cansarse, antes de continuar el camino hacia sus pies, ella no escuchaba lo que él le decía, estaba extasiada, estaba exitada, estaba deseosa de ser poseída, en tal preorgasmo apreto sus ojos antes de gritarle que la hiciera suya, más tuvo que abrirlos y cruzar la calle.
Cómplice su ropa escondió la prueba de sus pensamientos, húmedos sus pasos, húmedos sus labios, continuó con prisa entre taconeos.
Disculpó con pena su leve retraso, y él, que la había observado desde que estaba en la esquina, que le había hecho el amor mientras caminaba, que había entrado en su cuerpo y en su corazón antes de tenerla enfrente, solo sonrió, se daba cuenta que él también llegaba tarde, y se lo dijo.
Ante tal demora, el tiempo se volvió valioso, no se podía perder, había que vivirlo, cosas y causas que descubrir, que aprender, que compartir.
Aquel día vivieron el inicio de algo que no sabían que era y que tampoco tenían ganas de adivinar, así que, se limitaron a apresurarse, fuese lo que fuese no querían volver a llegar tarde...
Yo digo:
"De que sirve estar a tiempo en el sitio equivocado"